lunes, 25 de abril de 2011

El cisne negro nuclear. Por Marcel Coderch

Dijeron que otro Chernóbil era imposible pero ha ocurrido. En el mismo Japón y con tecnología de Estados Unidos. Las promesas de que esa energía sería abundante, barata y segura están hoy más lejos que nunca Hasta bien entrado el siglo XVII, en Europa se utilizaba la expresión "cisne negro" cuando alguien quería referirse a una imposibilidad lógica o física, basándose en la creencia generalizada de que todos los cisnes eran blancos. En 1697, sin embargo, un explorador holandés descubrió que en Australia había cisnes negros y esta expresión, recientemente popularizada por el filósofo y financiero de origen libanés Nassim Nicholas Taleb, pasó a utilizarse para calificar cualquier idea o acontecimiento que durante mucho tiempo había sido tenido poco menos que por imposible pero que de repente un día se materializa. La teoría del cisne negro de Taleb se aplica pues a acontecimientos inesperados, que quedan fuera de las expectativas normales, ya sea en el ámbito científico, histórico, financiero o tecnológico, y que tienen un enorme impacto porque trastocan ideas básicas del tan admirado como discutible sentido común.

La tesis del libro de Taleb (El cisne negro: el impacto de lo altamente improbable, Paidós, 2008) es que las consecuencias de estos acontecimientos muy poco probables son enormes; que por lo general están infravaloradas; y que, en realidad, no son tan improbables como pensamos, ya que al tratarse de acontecimientos poco comunes no disponemos de suficientes observaciones para estimar su probabilidad con cierta precisión. También nos explica Taleb que los humanos hemos desarrollado mecanismos psicológicos de defensa frente a la incertidumbre que sesgan nuestro raciocinio, haciendo que evitemos imaginar y prever aquello que no deseamos que ocurra. Todo ello nos aleja de la racionalidad a la hora de entender, prever y actuar en relación a estos fenómenos. Sería difícil encontrar un ejemplo actual más apropiado de lo que es un cisne negro que el del desastre nuclear de Fukushima.

De siempre hemos sabido que la tecnología nuclear es intrínsecamente peligrosa porque supone la generación de enormes cantidades de elementos radiactivos que la naturaleza se había encargado de ir desintegrando a lo largo de centenares de millones de años. Cuando surgió la especie humana ya solo quedaban en el planeta unos pocos elementos radiactivos de larga vida, como el uranio 235, que siguen calentando el subsuelo y cuyas radiaciones llegan a la superficie en forma de una pequeña radiactividad ambiental inevitable. Con el desarrollo de la energía nuclear, sin embargo, lo que hacemos es concentrar en un reactor este remanente de radiactividad de forma que, además de energía, generamos todo tipo de elementos altamente radiactivos que ya no existían en la naturaleza y que se mantendrán radiotóxicos durante decenas de miles de años. Si todo va bien, son lo que denominamos "residuos nucleares", a los que todavía no hemos encontrado acomodo; y si las cosas se tuercen, como ocurrió en Chernóbil y ahora en Fukushima, los desperdigamos por la atmósfera, el mar, la tierra y las aguas subterráneas, incrementando de esta forma y hasta niveles muy peligrosos la radiactividad ambiental.

Fue precisamente uno de los padres de la energía nuclear, el físico italiano Enrico Fermi, quien primero expresó sus dudas al dejar dicho que "al producir energía con la fisión nuclear estamos creando radiactividad a una escala sin precedentes y de la que no tenemos experiencia alguna, por lo que veremos si la sociedad aceptará una tecnología que produce tanta radiactividad". Durante mucho tiempo, los partidarios de esta tecnología han intentado convencernos de que debemos aceptarla en virtud de lo que Alvin Weinberg, otro de sus padres, llamó "el pacto fáustico nuclear": la promesa de un futuro con energía barata y abundante a cambio de un riesgo radiactivo asumible. Y para que aceptáramos el pacto, nos aseguraron que construirían las centrales nucleares de forma que no sufriríamos las peores consecuencias de su radiactividad. Incluso se atrevieron a cuantificar esta seguridad, afirmando que la probabilidad de un accidente grave, con fusión del núcleo y liberación radiactiva al exterior, como en Fukushima, sería de un accidente cada 100.000 años-reactor; o lo que es lo mismo, uno cada 200 años para un parque mundial de reactores similar al actual, o cada 100 años si lo dobláramos. Cuando los accidentes fueron sucediéndose con una frecuencia muy superior, las explicaciones eran cada vez más sofisticadas pero la conclusión siempre era la misma: hemos aprendido la lección y no volverá a suceder. Un claro ejemplo de lo que Taleb llama la falacia narrativa, una interpretación retrospectiva del cisne negro vivido que supuestamente reduce incertidumbres futuras. De hecho, hasta hace bien poco nos aseguraban que "otro Chernóbil es imposible" porque, decían, aquello fue consecuencia de una tecnología anticuada y de un sistema político y económico fallido. Y sin embargo está ocurriendo, a cámara lenta, en Japón, hasta hace poco la segunda economía mundial, y con tecnología norteamericana. Aquello que no podía ocurrir ha ocurrido, violando una vez más el pacto fáustico nuclear.

Pero es que, además, tampoco se ha cumplido la segunda parte de este pacto: la energía nuclear ni es abundante ni es barata, y menos va a serlo después de Fukushima. Hoy se concentra en cinco o seis países que representan más del 75% de una producción nuclear mundial que cubre menos del 3% de la energía final que consume la humanidad, y no parece que la situación vaya a cambiar mucho en las próximas décadas. Y en el aspecto económico, las recientes construcciones de Olkiluoto en Finlandia y de Flamanville en Francia no hacen sino repetir la experiencia del primer ciclo de construcciones nucleares: la incapacidad de la industria nuclear de cumplir con sus plazos y presupuestos. Por si fuera poco, las nuevas exigencias que se derivarán de lo ocurrido en Japón incrementarán de nuevo los costes, y muy probablemente pongan en cuestión el alargamiento de la vida de muchas centrales actuales; una prolongación por otra parte imprescindible si se quiere evitar el declive precipitado e irreversible de la energía nuclear.

La Unión Europea ha anunciado que va a recomendar la realización de pruebas de resistencia en todas las centrales europeas para determinar cuáles de ellas podrían resistir una agresión como la sufrida por los reactores de Fukushima, y clausurar las que no satisfagan los nuevos requisitos de seguridad. Está por ver cuáles serán estos nuevos requisitos, pero la propuesta francesa de excluir de estas pruebas las amenazas derivadas de actos terroristas y ataques aéreos a lo 11-S no parece razonable, ya que de lo que se trata es de que las centrales puedan sobrevivir a cualquier incidente que las prive de suministro eléctrico externo, puesto que esa ha sido la circunstancia que ha desencadenado el grave accidente de Fukushima. Claro está que el llamado station blackout no forma parte de los sucesos contemplados en el diseño base de ninguna de las centrales actualmente en funcionamiento, y que prepararlas para tal eventualidad puede suponer inversiones muy importantes, algo que al parecer los franceses quieren evitar por la cuenta que les trae.

Las promesas de energía nuclear abundante, barata y segura quedan hoy más lejanas que nunca, al tiempo que vamos conociendo la realidad de las consecuencias personales, económicas y medioambientales de un accidente grave en un país industrializado, todo lo cual invalida ambas contrapartidas del pacto fáustico que nos propuso Alvin Weinberg. De hecho, los hay que nunca creyeron las promesas de la industria nuclear y, entre ellos, en lugar prominente, están quienes precisamente son especialistas en valorar riesgos: las compañías de seguros. Siempre se han negado a cubrir la responsabilidad civil de una central nuclear, con lo que nos hemos visto obligados a promulgar leyes que eximen a las eléctricas de esta responsabilidad, más allá de cantidades que, como podremos comprobar en Japón, son simbólicas. A las compañías de seguros no les gustan las nucleares y es fácil comprobarlo leyendo cualquier póliza que tengan a mano. Verán que la letra pequeña dice: "Excluidos los riesgos por accidentes nucleares". Las consecuencias de los cisnes negros nucleares las tendremos pues que pagar de nuestros bolsillos o, lo que es peor, con nuestra salud, y por ello ha llegado el momento de hacerle caso al comisario europeo de la Energía, Günther Ottinger, y plantearnos cómo Europa podría cubrir sus necesidades energéticas futuras sin contar con la energía nuclear. No ya solo porque así lo prefiramos muchos, sino porque probablemente no tengamos más remedio.




Fuente: ElPais.com
Autor: Marcel Coderch, ingeniero, PhD, Massachusetts Institute of Technology. Vicepresidente de la Comisión del Mercado de las Telecomunicaciones de España. También secretario de la Asociación para el Estudio de los Recursos Energéticos (AEREN) y miembro del grupo de gobierno de la discusión española sobre el futuro de la energía nuclear. Analista de la energía y las cuestiones geopolíticas para el Real Instituto Elcano. Durante 15 años, ha trabajado en la industria de los medios de comunicación y de 1997 a 2000 fue el director de la división de Internet de Auna-Retevisión. En 2000 formó parte del equipo fundador de fundiciones Tech, una empresa de tecnología que desarrolla servicios de televisión digital. Es autor con Núria Almirón de los libros "El espejismo nuclear", "Los libros del lince".
Fotografía: Graffiti en la ciudad fantasma de Pripyat cerca del cuarto reactor nuclear -la cual se ve en el fondo- de la antigua central eléctrica nuclear de Chernobyl / Sergei Supinsky, AFP-Getty Images-USAToday.com




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domingo, 3 de abril de 2011

La desaparición de abejas ya es un problema global

• La ONU expresó su gran preocupación por la alta mortandad de las abejas a causa de la contaminación y los pesticidas.
Las muerte de las abejas en muchas regiones del mundo puede tener un gran impacto en la agricultura. En un informe publicado este jueves, el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente expresa que el fenómeno afecta principalmente a los países industrializados del hemisferio norte. La mortandad de estos insectos llega hasta 85% en algunas regiones y puede tener graves consecuencias en la producción alimentaria. De hecho, de los 100 vegetales que proveen el 90% del alimento del mundo, más de 70 son polinizados por abejas.

Uno de los autores de este primer informe de la ONU sobre la desaparición de las abejas comentó que, en los últimos años, las colonias disminuyeron más del 20% en Europa, el 30% en EEUU y más de 85% en Oriente Próximo. La mortandad de las abejas no afecta a América Latina, África ni Australia.*


• La creciente desaparición de las abejas en todo el mundo está poniendo en peligro la polinización de los cultivos

La polinización de los cultivos, esencial para la alimentación de la humanidad, está en peligro por la creciente desaparición de abejas en todo el mundo. Un problema que ya puede considerarse global, después del informe hecho público ayer por el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), que asegura que este fenómeno se ha extendido a nuevas regiones del planeta.

Hasta ahora, sólo se había registrado un alarmante aumento de muertes en EEUU y en algunas regiones de Europa, incluida España. Sin embargo, según el informe de PNUMA, en los últimos años el problema se ha extendido a Australia, China, Japón y el norte de África, en la ribera del Nilo. El informe señala que esta grave disminución de las colonias se debe a múltiples factores, como el cambio climático, la contaminación, los pesticidas y el creciente papel de determinados parásitos, que están mermando los cultivos.

La importancia de estas desapariciones es altísima, ya que en las últimas décadas se ha multiplicado el número de cultivos dependientes de la polinización por abejas. En el caso de determinadas frutas, la producción de semillas disminuye en más del 90% al desaparecer estas eficientes polinizadoras. **



* Fuente: Radio Nederland / AFP
**Fuente: Publico.es



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