miércoles, 20 de mayo de 2009

Un planeta contaminado por el plástico. Por Allan R. Handysides

¿Es demasiado tarde para cambiar?

En mis viajes por razones de trabajo, he sido testigo de escenas desesperantes. Pocas situaciones me afectan más que ver personas hurgando en la basura pero cuando los que revuelven son niños, el dolor que siento es mayor.

Hace poco observé con angustia a un grupo de jóvenes que revolvía desperdicios en un basural de Madagascar. En un viaje anterior, fui testigo de la misma situación en la India. Pero más terrible fue enterarme que viven en los basurales. Allí duermen, crían a sus hijos y mueren. Sus vidas parecen reducirse al imperativo de la supervivencia.

Esto se vio realzado cuando hace poco leí un libro escrito por Alan Weisman titulado The World Without Us (El mundo sin nosotros). El autor, obviamente evolucionista, describe su visión de lo que sucedería en la tierra si los seres humanos desaparecieran misteriosamente. Su trasfondo científico lo autoriza a describir bien este escenario imaginario, pero también le permite describir un futuro truculento en caso de que los seres humanos no desaparezcan de la tierra.

Un inmenso basural

Lo que me más me impresiona del libro es la posibilidad que la tierra se convierta en un inmenso basural. Esto 
refuerza mi creencia de que Jesús vendrá pronto y me convence que todos los seres humanos somos parte del problema 
de la contaminación. Por ello, todos tenemos que luchar para 
mejorar las condiciones de vida en esta tierra.

En el capítulo titulado “Los polímeros son eternos”, 
Weisman describe el trabajo de varios biólogos marinos. Cuando aún era estudiante universitario, Richard 
Thompson, ayudó a limpiar una de las costas de Gran 
Bretaña. Al remover varias toneladas de desperdicios llevadas por las olas, notó que los trozos de mayor envergadura 
parecían ser dirigidos por el viento. Esto significaba que estaba limpiando la basura proveniente de Irlanda, y que 
los desperdicios flotantes de Inglaterra estaban afeando 
las costas de Escandinavia. Thompson notó que también había una gran cantidad de pequeñas partículas que por lo general pasan desapercibidas entre las botellas, las bolsas de plástico, neumáticos y trozos de cuerda.

Thompson, que ahora es profesor de la Universidad de Plymouth, en Inglaterra, señala que las aguas de Plymouth contienen una subespecie de diminutas partículas llamadas nurdles. Tienen la forma de bastoncitos de unos dos milímetros, y están compuestos por las materias primas utilizadas para crear los productos plásticos de todo tipo. Dice que fueron arrastrados por las corrientes por cientos de kilómetros, ya que en las cercanías no existen fábricas de plástico.

La acción de las olas va destruyendo el plástico en partículas cada vez más pequeñas. Cuando Thompson analizó las muestras en el laboratorio, encontró que un tercio son 
desperdicios biológicos, otro tercio son partículas de plástico, y el tercio final está compuesto por partículas difíciles de definir pero que son polímeros plásticos de algún tipo.

A comienzos del siglo XX, Alistair Hardy, otro biólogo marino, comenzó a tomar muestras del mar al recolectar el kril en un aparato que diseñó para ser arrastrado desde los buques en alta mar. El programa que comenzó continúa aún hoy, y los especímenes guardados ofrecen una historia cronológica de los océanos en el último siglo. El dispositivo se hunde y arrastra unos diez metros bajo la superficie y recolecta el kril, que son pequeños crustáceos marinos con forma de camarones. El kril se encuentra en la base de la cadena alimentaria. Estas criaturas ingieren partículas diminutas y funcionan como pequeños tamices del océano.

Los plásticos han existido por solo unos setenta años. En la primera mitad del siglo, no se halló plástico en el océano. En la década de 1960, sin embargo, se comenzó a ver que el kril estaba ingiriendo partículas de plástico. Para la década de 1990, la presencia de este elemento en los océanos se había triplicado.

El plástico no se degrada; solo se sigue dividiendo en partículas cada vez más pequeñas hasta que pueden ser ingeridas por el kril. Hemos visto fotografías de tortugas que consumieron bolsas de plástico, de aves atrapadas por redes de pesca de plástico o nailon y los animales más pequeños están ingiriendo micropartículas de plástico, a menudo con consecuencias mortales.

Los fabricantes de plástico saben bien que su producto no es biodegradable. Conscientes de las crecientes montañas de desperdicios plásticos, comenzaron a fabricar bolsas “biodegradables”, que son una mezcla de celulosa y plástico. La celulosa se degrada, porque está compuesta básicamente por azúcares, pero las partículas de plástico siguen allí, solo que ahora en micropartículas que son arrastradas con más facilidad por el océano.

¡Está en todas partes!

El plástico está en todas partes. Hace poco conté los envases plásticos en mi propio baño. Había dos de champú, dos de acondicionador, uno de jabón líquido y un tubo de limpiador facial. En el estante opuesto había recipientes de crema humectante y otros con medicamentos. El cesto de los residuos tenía dentro una bolsa de plástico. Mi cepillo de dientes y mi cepillo para el cabello eran de plástico, y también el estuche donde llevo mis artículos de tocador en los viajes. Y podría seguir. Si el tiempo siguiera, dentro de mil años estas “necesidades” plásticas seguirían existiendo en forma de detritos en alguna playa contaminada.

Cada día, personas que tienen agua potable utilizan 
millones de botellas plásticas porque prefieren utilizar envases desechables, que un instante después arrojan a la basura. En su lugar, un simple filtro podría hacer que el agua de cualquier ciudad sea como el agua embotellada. ¡Todo por no beber de un recipiente de vidrio o metal que puede ser utilizado una y otra vez!

Las partículas plásticas de las cremas cosméticas van a parar a los desagües, desde donde llegan en último término al océano. Como no son lo suficientemente grandes, no son arrastradas por el viento sino hacia las corrientes profundas. Weisman dice que allí permanecerán “para siempre”.

Pensemos en nuestras mascotas; solemos recoger sus deposiciones en una bolsa plástica. Nuestra sociedad, tan acostumbrada a desechar y descartar, ha hecho que vastas secciones del océano se transformen lentamente en fuentes sépticas en movimiento.

La inmensa oscilación subtropical del Pacífico Norte es un basural de más de 25 millones de kilómetros cuadrados. Ese lento sifón giratorio es uno de los seis sistemas similares que existen en los océanos del mundo. Las muestras de este basurero flotante revelan que las partículas de plástico superan a las de plancton en una proporción de más de seis a uno y tienen la capacidad de actuar como esponjas de resistentes pesticidas como el DDT y de los tóxicos bifenoles policlorados (PCB). Estos últimos solían hacer que el plástico fuera más maleable, pero en 1970 fueron prohibidos por su nivel de toxicidad. Aun así, los deshechos previos a 1970 podrían seguir contaminando las aguas con PCB durante siglos.

Tony Andrady, un importante experto en plásticos, dice: “Cada trozo de plástico fabricado en los últimos cincuenta años aún existe”. ¡Eso significa más de mil millones de toneladas!

Es probable que pensemos que es inconcebible vivir sin plástico, pero al menos tenemos que participar en las tareas de reciclado. En la actualidad, es más costoso reciclar el plástico que fabricarlo, pero esto se debe a que no tomamos en cuenta el costo que tiene para el planeta. Es necesario facilitar y racionalizar el proceso, y los impuestos deberían favorecer los productos reciclados.

Pequeños cambios pueden hacer una gran diferencia. “¿Quiere una bolsa de plástico o de papel?”, pregunta la cajera del supermercado. “Es mejor el plástico –decimos–. ¡Salvemos a los árboles!” ¡Respuesta equivocada! Pidamos bolsas de tela de arpillera, algodón o de papel.

¿Hasta dónde llegará?

¿Terminará pronto el problema de la contaminación? Afortunadamente, como adventistas creemos que sí. Sin embargo, mientras cumplimos la comisión de ser mayordomos de la tierra y vivimos en ella hasta que Cristo vuelva, se siguen produciendo miles de toneladas de plástico y cada año aparecen más de cien millones de kilogramos de nurdles. ¡Es demasiado para un producto no biodegradable! ¿Es así como cumplimos nuestra función como mayordomos de la tierra? ¿Es así como cuidamos la creación de Dios?

El plástico es solo uno de los innumerables productos de deshechos que produce nuestro mundo consumista. Con el avance de la industrialización en todo el mundo, la cantidad de desperdicios crece a ritmo acelerado. Pensemos por ejemplo en los incontables deshechos de nuestras “obsoletas” computadoras. El dióxido de carbono está calentando el planeta y afeando la atmósfera. Aún se siguen produciendo deshechos radiactivos que podrían durar miles de años.

¿No es tiempo de pensar seriamente en la contaminación de la Tierra y la parte que nos toca? No hay duda que, como custodios del planeta, necesitamos aprender a consumir 
menos, conservar más y cuidar mejor de la obra creadora 
de Dios.

En Apocalipsis 11:18, la Biblia dice que Jesús vendrá a destruir a los que destruyen la tierra. Cuando era niño, la Tierra me parecía tan vasta e inmensa que me resultaba incomprensible pensar que una raza tan insignificante como la nuestra pudiera destruirla. Hoy día, ante la población cada vez más numerosa y la proliferación industrial, la destrucción de la Tierra parece demasiado posible, e incluso probable. Se sabe que está envejeciendo como una prenda de vestir, y nosotros somos los responsables.

A medida que el planeta queda “cubierto” por una 
envoltura de plástico, toda la vida se ve afectada y se 
deteriora. Dios tiene que estar horrorizado al ver que por nuestra culpa, el mundo se parece cada día más a un 
inmenso basural.

Podría ser fácil decir: “Bueno, algún día Jesús va a 
arreglar todas las cosas”. Pero yo no quiero estar entre los que destruyen la Tierra de tal forma. Después de todo, 
amamos tanto a Dios que también anhelamos honrar la obra de sus manos.


Fuente: AdventistWorld.com
Autor: Allan R. Handysides (M.B., Ch.B., FRCPC, FRCSC, FACOG) es director del 
Departamento de Ministerios de Salud de la Asociación General.

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