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domingo, 11 de marzo de 2012

Fukushima un año después, ¿en qué se parece a Chernóbil?

¡El nuevo Chernóbil! ¡El Chernóbil japonés! ¡Chernóbil 25 años después! La comparación estaba ahí, hace un año, esperando, disponible para cualquiera que hablara, escribiera o informara de Fukushima.

Cuando el terremoto del 11 de marzo de 2011 le dio a Japón su primer golpe, seguido luego por otro en forma de tsunami, más de 16.000 personas murieron en las prefecturas de Fukushima, Miyagi e Iwate, 6.000 fueron heridas y unas 3.200 desaparecieron. Pero la catástrofe aún no estaba satisfecha; faltaba la crisis en una central nuclear cuyos sistemas fueron dañados durante ese 11 de marzo.

Desde el 26 de abril de 1986, cuando una prueba rutinaria en el suministro eléctrico culminó con una serie de explosiones del reactor número cuatro de la planta nuclear ucraniana, toda mala noticia vinculada a la energía atómica invocaba el fantasma de Chernóbil.

Pero Fukushima no era un accidente más, era un accidente nivel 7, el mayor nivel en la escala, escala que solo había sido trepada hasta los más alto por la tragedia de Ucrania. El paralelismo estaba servido, pero las diferencias también.

"Las coincidencias terminan en el hecho de que son dos accidentes en centrales nucleares que tuvieron un impacto en el exterior, por lo que obligaron a activar dispositivos de protección para proteger a los ciudadanos", le dice a BBC Mundo Juan Carlos Lentijo, director técnico de Protección Radiológica del Consejo de Seguridad Nuclear español (CSN).

Lentijo, quien visitó Fukushima como líder de la misión del Organismo Internacional para la Energía Atómica (OIEA) a cargo de supervisar las labores de limpieza y rehabilitación, cree que son más las diferencias que las similitudes, comenzando por el origen de ambos accidentes y sus consecuencias.

"En Chernóbil hubo una explosión, o lo que nosotros llamamos una 'excursión de potencia', liberación de energía espontánea que terminó expulsando todo el cóctel de materiales que hay dentro del reactor. En Fukushima, por otra parte, colapsaron los sistemas de refrigeración pero fue una degradación que tomó horas, días. No se producen explosiones nucleares, son liberados materiales volátiles pero no todo lo que contenía el reactor".


¿Cómo se ven los accidentes?


• Así es la vida de Ayaka, una niña de Fukushima 1

Para el jefe científico de Greenpeace en Reino Unido, las coincidencias son más de una.

"Las dos regiones todavía tienen una zona de evacuación, ambas poblaciones locales posiblemente tengan que vivir en otra parte por mucho tiempo, los dos accidentes dejaron un legado de desconfianza en las autoridades y causaron una revisión global de las actitudes hacia la energía nuclear", le dijo a BBC Mundo el doctor Doug Parr.

Pero el doctor Parr también encuentra una característica no compartida por Chernóbil y Fukushima: "Ambos accidentes mostraron que la regulación y administración de la energía nuclear son problemáticas, pero creo que la diferencia estaría en la habilidad de los países para lidiar con grandes movimientos de población".

El número de evacuados en Japón no ha sido determinado con exactitud pero se cuentan en decenas de miles. En 1986, en Ucrania, unas 115.000 personas fueron evacuadas de las zonas aledañas al reactor y, después de 1986, unas 220.000 personas de Ucrania, Bielorrusia y la Federación Rusa fueron reubicadas.

Mientras la zona de evacuación alrededor de Chernóbil fue de 30 kilómetros, la de la planta de Fukushima Daiichi fue de 20 kms. En Japón se estableció una zona de evacuación voluntaria entre los 20 y los 30 km., pero cinco comunidades más allá de la zona de evacuación obligatoria igual tuvieron que dejar sus hogares.

El jefe científico de Greenpeace cree que otra diferencia puede encontrarse en cómo la gente percibe ambos accidentes.

"En el caso de Chernóbil, se puede pensar en un accidente aleatorio, causado por un equipo mal mantenido en una Unión Soviética que se desintegraba. No se puede aplicar la misma percepción a Fukushima, que tuvo lugar en una democracia moderna, desarrollada y tecnológicamente avanzada"

"Pero a pesar de todo esto", continúa Parr, "se falló en evaluar correctamente las advertencias sobre los peligros de terremotos y tsunamis. Esto cuestiona de forma más profunda la seguridad nuclear y demuestra el alto costo que un accidente de esta naturaleza inflige al país afectado".

Consultados por BBC Mundo, expertos del OIEA respondieron que "debido a la complejidad del tema, todavía es muy temprano para trazar una comparación definitiva" entre ambos accidentes, pero señalaron que en términos de radioactividad, Chernóbil emanó 6.618.000 terabecquerels (la cantidad de radioactividad se expresa en becquerels, que corresponden a una transformación nuclear por segundo), mientras que la planta japonesa emitió 370.000.

Como suele ocurrir con las cifras, más cuando son tan desparejas, más aún cuando la unidad de medida es tan desconocida para un público en general, lo importante es preguntarse qué significan estos números.


• Fukushima: qué hacer con 25 millones de toneladas de escombros 2


Lecciones del pasado

El accidente de Chernóbil involucró a un solo reactor de los cuatro con los que contaba la planta; Fukushima debió lidiar con problemas en tres de los seis que tenía, más los inconvenientes en las piscinas de combustible nuclear, pero en plena crisis doce meses atrás, las autoridades japonesas dejaron claro que a diferencia de lo ocurrido en Ucrania, todas las vasijas de sus reactores, encargadas de contener las barras de combustible nuclear, habían permanecido intactas.

"En Chernóbil, la explosión liberó isótopos de vida media o corta, es decir, que tardan entre pocos minutos y 30 años en desintegrarse, junto con isótopos de vida larga, plutonios y uranios que necesitan miles de años para hacerlo", explica el director técnico de Protección Radiológica del CSN.

Aquí estaría una de las principales diferencias entre un accidente y otro, sin olvidar la extensión del área afectada: 60 kilómetros en el caso japonés, 500 kilómetros en el caso ucraniano (aunque plantas y animales fueron incluso afectados en distancias más lejanas).

Según un informe de las Naciones Unidas, el accidente en Ucrania dejó 64 muertos hasta el último registro en 2008, aunque las discusiones continúan sobre cuántos más van a o morir por haber sido afectados 25 años atrás. Fukushima, por su parte, no ha registrado ningún muerto por exposición o contaminación radioactiva.

Para Juan Carlos Lentijo, el primer accidente nuclear grado 7 permitió al mundo conocer más sobre cómo enfrentarse con esta clase de crisis: "se aprendieron cosas para la gestión de emergencia. Las autoridades japonesas pudieron tomar medidas tempranas, incluso mientras lidiaban con las consecuencias de un terremoto y un tsunami".

"También se obtuvo experiencia sobre cómo manejarse dentro del emplazamiento cuando ocurre el accidente", agrega Lentijo. "En Chernóbil hubo 28 personas afectadas por síndrome de radiación aguda en la planta, que murieron en pocos días. En Japón no hubo los mismos niveles de exposición radioactiva, pero igual hay que destacar que nadie murió por radiación aguda".

Lentijo agrega que el mundo también aprendió otras lecciones: a cómo enfrentarse a terrenos contaminados a gran escala, cómo comportarse con respecto a la información que se da a la sociedad y cómo atender a las víctimas.

Para Doug Parr, de Greenpeace, una de las lecciones aprendidas en el tratamiento de las víctimas fue el reconocimiento de que ciertos problemas de salud son provocados por el estrés que implica la evacuación masiva.

Según las últimas declaraciones del director general del OIEA, Yukiya Amano, lo que importa a partir de ahora es aprender también de lo ocurrido en Japón.

"Fukushima Daiichi fue un accidente muy serio, pero sabemos qué salió mal y tenemos un claro curso de acción para enfrentar esas causas, no solo en Japón sino en todo el mundo".

"Pero ahora tenemos que seguir alerta. La autocomplacencia puede matar", agregó.





Fuente: BBC Mundo
Autor: Matías Zibell / BBC Mundo

Fotografía:
Este combo muestra parte de una foto de Yuko Sugimoto envuelto con una manta de pie delante de los escombros en busca de su hijo en la ciudad azotada por el tsunami de Ishinomaki en la prefectura de Miyagi el 13 de marzo de 2011. Y la otra mitad, ella misma parada (con su hijo de cinco años hijo de Raito) en el mismo lugar el 27 de enero 2012. Vea estas fotos completas y otra serie de fotografías en "See how Japan has rebuilt in the 11 months since the earthquake and tsunami", NationalPost.com / Montaje Ojo Adventista

Referencias:1.Así es la vida de Ayaka, una niña de Fukushima. Ayaka y su familia se vieron obligados abandonar su casa cuando fue destruida por el terremoto y el posterior tsunami que devastaron partes de Japón a principios de 2011 y dejaron unos 16.000 muertos. Viven fuera de la zona de exclusión de 20 kilómetros que rodea a la planta nuclear de Fukushima Daiichi, pero todavía tienen que convivir con altos niveles de radiación que afectan su vida cotidiana. El testimonio de Ayaka forma parte de la serie de la BBC "Children of the Tsunami" ("Niños del Tsunami"). 2. Fukushima: qué hacer con 25 millones de toneladas de escombros.Un año después del devastador tsunami, las autoridades japonesas creen que en las tres prefecturas más afectadas quedan cerca de 25 millones de escombros. Los trabajos de limpieza están todavía lejos de estar concluidos y pueden durar años. Sasade Haruyasu, jefe del equipo de escombros de Miyagi, habló con la BBC de la escala de este problema. Vea el proceso de recogida de los restos del tsunami en este video de BBC Mundo.






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miércoles, 10 de agosto de 2011

De Hiroshima a Fukushima, la tragedia de la energía nuclear

En 1945 EEUU lanzó las dos primeras bombas atómicas contra Hiroshima y Nagasaki. A estas dos fechas de duelo se suma ahora el 11 de marzo, cuando un sismo y un tsunami destruyeron la central de Fukushima.
No hay ciertamente relación entre un país arrasado, con centenares de miles de muertos desintegrados de un golpe y otros que sufrirían por el resto de su vida, y un desastre nuclear del cual sólo se pueden entrever sus dramáticas consecuencias pero que, por el momento, está circunscrito a una sola región.

Los testimonios de los sobrevivientes de Hiroshima durante las ceremonias de homenaje a las víctimas han tenido este año un carácter aún más desgarrador. ¿Cómo es que un Estado cuyo pueblo conoció en carne propia el horror del fuego nuclear, ha podido ser tan descuidado ante los riesgos que supone el átomo, más aún en un país sometido a las fuerzas de la naturaleza?

Junto a los testimonios, a las revelaciones y las opiniones de expertos mantenidos durante mucho tiempo en el ostracismo por el lobby nuclear e ignorados por los medios, los japoneses comienzan a entrever el trasfondo de la catástrofe de la cual cada día se va conociendo un poco más. Están tomando conciencia de la culpable “apuesta” de sus élites que minimizaron el riesgo. Más allá de los problemas de una buena administración del operador de la central, Tokyo Electric Power Co (Tepco), y del debate “a favor o en contra de lo nuclear” se plantea el tema de un Estado que no supo proteger a la nación y de los legisladores que han traicionado las expectativas legítimas de seguridad de quienes ellos representan.

Cinco meses después del accidente que está lejos de ser controlado, se busca en vano a los responsables de un desastre en cual se mezclan una insuficiente precaución, simulaciones, falsificaciones de documentos, mentiras y manipulación de la opinión pública.

“Es peor que en Chernobyl, nadie asuma la responsabilidad”, afirma Kenzaburo Oe, premio Nobel de Literatura. “La negligencia se disuelve en una nebulosa de colusión entre administración, operadores, fabricantes de reactores y grandes medios de prensa que transmiten las afirmaciones de los expertos de lo que aquí se llama la “aldea nuclear”.

La catástrofe de Fukushima ha abierto una crisis de confianza que toca a las instituciones: una burocracia que, desde la restauración de la dinastía Meiji (finales del siglo XIX, época de la entrada en la era moderna), ha administrado el país no sin una morgue, relegando la política a un segundo plano. No hay que negar su éxito.

El “triángulo de hierro” (administración, política y empresarios) ha hecho de Japón una de las potencias económicas del mundo.

Pero no “sin fisuras”, como lo demuestran las enfermedades por la contaminación en 1960-1970, entre ellas la de Minamata (contaminación por el mercurio orgánico derramado en el mar por una fábrica química), con millares de muertos y de afectados de por vida. Ya entonces, el Estado no defendió a sus ciudadanos: fueron las víctimas las que lucharon durante años para que finalmente se dejara de negar la relación entre la contaminación y la enfermedad.

A 66 años de Hiroshima y Nagasaki, Japón ha sido de nuevo víctima del átomo. Pero, esta vez, él es responsable del desastre. Y este año, el Congreso de Japón contra la Bomba Atómica (Gensuikin), el más importante movimiento antinuclear del Archipiélago creado en 1965, añadirá a su eslogan No more Hiroshima! No more Nagasaki!”. un “No more Fukushima !”. (¡No más Hiroshima! ¡No más Nagasaki! ¡No más Fukushima!)

Japón demostró en el pasado su capacidad de reinventarse. Y éste será sin duda de nuevo el caso. Pero, esta vez, tendrá que haber un nuevo contrato social entre el Estado y la nación.


• Hiroshima y Nagasaki: El genocidio nuclear.



Fuente: Le Monde / D'Hiroshima à Fukushima, la tragédie du nucléaire
Autor: Philippe Pons, corresponsal de Le Monde en Tokyo, Japon.
Traducción: Milenio.com






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lunes, 25 de abril de 2011

El cisne negro nuclear. Por Marcel Coderch

Dijeron que otro Chernóbil era imposible pero ha ocurrido. En el mismo Japón y con tecnología de Estados Unidos. Las promesas de que esa energía sería abundante, barata y segura están hoy más lejos que nunca Hasta bien entrado el siglo XVII, en Europa se utilizaba la expresión "cisne negro" cuando alguien quería referirse a una imposibilidad lógica o física, basándose en la creencia generalizada de que todos los cisnes eran blancos. En 1697, sin embargo, un explorador holandés descubrió que en Australia había cisnes negros y esta expresión, recientemente popularizada por el filósofo y financiero de origen libanés Nassim Nicholas Taleb, pasó a utilizarse para calificar cualquier idea o acontecimiento que durante mucho tiempo había sido tenido poco menos que por imposible pero que de repente un día se materializa. La teoría del cisne negro de Taleb se aplica pues a acontecimientos inesperados, que quedan fuera de las expectativas normales, ya sea en el ámbito científico, histórico, financiero o tecnológico, y que tienen un enorme impacto porque trastocan ideas básicas del tan admirado como discutible sentido común.

La tesis del libro de Taleb (El cisne negro: el impacto de lo altamente improbable, Paidós, 2008) es que las consecuencias de estos acontecimientos muy poco probables son enormes; que por lo general están infravaloradas; y que, en realidad, no son tan improbables como pensamos, ya que al tratarse de acontecimientos poco comunes no disponemos de suficientes observaciones para estimar su probabilidad con cierta precisión. También nos explica Taleb que los humanos hemos desarrollado mecanismos psicológicos de defensa frente a la incertidumbre que sesgan nuestro raciocinio, haciendo que evitemos imaginar y prever aquello que no deseamos que ocurra. Todo ello nos aleja de la racionalidad a la hora de entender, prever y actuar en relación a estos fenómenos. Sería difícil encontrar un ejemplo actual más apropiado de lo que es un cisne negro que el del desastre nuclear de Fukushima.

De siempre hemos sabido que la tecnología nuclear es intrínsecamente peligrosa porque supone la generación de enormes cantidades de elementos radiactivos que la naturaleza se había encargado de ir desintegrando a lo largo de centenares de millones de años. Cuando surgió la especie humana ya solo quedaban en el planeta unos pocos elementos radiactivos de larga vida, como el uranio 235, que siguen calentando el subsuelo y cuyas radiaciones llegan a la superficie en forma de una pequeña radiactividad ambiental inevitable. Con el desarrollo de la energía nuclear, sin embargo, lo que hacemos es concentrar en un reactor este remanente de radiactividad de forma que, además de energía, generamos todo tipo de elementos altamente radiactivos que ya no existían en la naturaleza y que se mantendrán radiotóxicos durante decenas de miles de años. Si todo va bien, son lo que denominamos "residuos nucleares", a los que todavía no hemos encontrado acomodo; y si las cosas se tuercen, como ocurrió en Chernóbil y ahora en Fukushima, los desperdigamos por la atmósfera, el mar, la tierra y las aguas subterráneas, incrementando de esta forma y hasta niveles muy peligrosos la radiactividad ambiental.

Fue precisamente uno de los padres de la energía nuclear, el físico italiano Enrico Fermi, quien primero expresó sus dudas al dejar dicho que "al producir energía con la fisión nuclear estamos creando radiactividad a una escala sin precedentes y de la que no tenemos experiencia alguna, por lo que veremos si la sociedad aceptará una tecnología que produce tanta radiactividad". Durante mucho tiempo, los partidarios de esta tecnología han intentado convencernos de que debemos aceptarla en virtud de lo que Alvin Weinberg, otro de sus padres, llamó "el pacto fáustico nuclear": la promesa de un futuro con energía barata y abundante a cambio de un riesgo radiactivo asumible. Y para que aceptáramos el pacto, nos aseguraron que construirían las centrales nucleares de forma que no sufriríamos las peores consecuencias de su radiactividad. Incluso se atrevieron a cuantificar esta seguridad, afirmando que la probabilidad de un accidente grave, con fusión del núcleo y liberación radiactiva al exterior, como en Fukushima, sería de un accidente cada 100.000 años-reactor; o lo que es lo mismo, uno cada 200 años para un parque mundial de reactores similar al actual, o cada 100 años si lo dobláramos. Cuando los accidentes fueron sucediéndose con una frecuencia muy superior, las explicaciones eran cada vez más sofisticadas pero la conclusión siempre era la misma: hemos aprendido la lección y no volverá a suceder. Un claro ejemplo de lo que Taleb llama la falacia narrativa, una interpretación retrospectiva del cisne negro vivido que supuestamente reduce incertidumbres futuras. De hecho, hasta hace bien poco nos aseguraban que "otro Chernóbil es imposible" porque, decían, aquello fue consecuencia de una tecnología anticuada y de un sistema político y económico fallido. Y sin embargo está ocurriendo, a cámara lenta, en Japón, hasta hace poco la segunda economía mundial, y con tecnología norteamericana. Aquello que no podía ocurrir ha ocurrido, violando una vez más el pacto fáustico nuclear.

Pero es que, además, tampoco se ha cumplido la segunda parte de este pacto: la energía nuclear ni es abundante ni es barata, y menos va a serlo después de Fukushima. Hoy se concentra en cinco o seis países que representan más del 75% de una producción nuclear mundial que cubre menos del 3% de la energía final que consume la humanidad, y no parece que la situación vaya a cambiar mucho en las próximas décadas. Y en el aspecto económico, las recientes construcciones de Olkiluoto en Finlandia y de Flamanville en Francia no hacen sino repetir la experiencia del primer ciclo de construcciones nucleares: la incapacidad de la industria nuclear de cumplir con sus plazos y presupuestos. Por si fuera poco, las nuevas exigencias que se derivarán de lo ocurrido en Japón incrementarán de nuevo los costes, y muy probablemente pongan en cuestión el alargamiento de la vida de muchas centrales actuales; una prolongación por otra parte imprescindible si se quiere evitar el declive precipitado e irreversible de la energía nuclear.

La Unión Europea ha anunciado que va a recomendar la realización de pruebas de resistencia en todas las centrales europeas para determinar cuáles de ellas podrían resistir una agresión como la sufrida por los reactores de Fukushima, y clausurar las que no satisfagan los nuevos requisitos de seguridad. Está por ver cuáles serán estos nuevos requisitos, pero la propuesta francesa de excluir de estas pruebas las amenazas derivadas de actos terroristas y ataques aéreos a lo 11-S no parece razonable, ya que de lo que se trata es de que las centrales puedan sobrevivir a cualquier incidente que las prive de suministro eléctrico externo, puesto que esa ha sido la circunstancia que ha desencadenado el grave accidente de Fukushima. Claro está que el llamado station blackout no forma parte de los sucesos contemplados en el diseño base de ninguna de las centrales actualmente en funcionamiento, y que prepararlas para tal eventualidad puede suponer inversiones muy importantes, algo que al parecer los franceses quieren evitar por la cuenta que les trae.

Las promesas de energía nuclear abundante, barata y segura quedan hoy más lejanas que nunca, al tiempo que vamos conociendo la realidad de las consecuencias personales, económicas y medioambientales de un accidente grave en un país industrializado, todo lo cual invalida ambas contrapartidas del pacto fáustico que nos propuso Alvin Weinberg. De hecho, los hay que nunca creyeron las promesas de la industria nuclear y, entre ellos, en lugar prominente, están quienes precisamente son especialistas en valorar riesgos: las compañías de seguros. Siempre se han negado a cubrir la responsabilidad civil de una central nuclear, con lo que nos hemos visto obligados a promulgar leyes que eximen a las eléctricas de esta responsabilidad, más allá de cantidades que, como podremos comprobar en Japón, son simbólicas. A las compañías de seguros no les gustan las nucleares y es fácil comprobarlo leyendo cualquier póliza que tengan a mano. Verán que la letra pequeña dice: "Excluidos los riesgos por accidentes nucleares". Las consecuencias de los cisnes negros nucleares las tendremos pues que pagar de nuestros bolsillos o, lo que es peor, con nuestra salud, y por ello ha llegado el momento de hacerle caso al comisario europeo de la Energía, Günther Ottinger, y plantearnos cómo Europa podría cubrir sus necesidades energéticas futuras sin contar con la energía nuclear. No ya solo porque así lo prefiramos muchos, sino porque probablemente no tengamos más remedio.




Fuente: ElPais.com
Autor: Marcel Coderch, ingeniero, PhD, Massachusetts Institute of Technology. Vicepresidente de la Comisión del Mercado de las Telecomunicaciones de España. También secretario de la Asociación para el Estudio de los Recursos Energéticos (AEREN) y miembro del grupo de gobierno de la discusión española sobre el futuro de la energía nuclear. Analista de la energía y las cuestiones geopolíticas para el Real Instituto Elcano. Durante 15 años, ha trabajado en la industria de los medios de comunicación y de 1997 a 2000 fue el director de la división de Internet de Auna-Retevisión. En 2000 formó parte del equipo fundador de fundiciones Tech, una empresa de tecnología que desarrolla servicios de televisión digital. Es autor con Núria Almirón de los libros "El espejismo nuclear", "Los libros del lince".
Fotografía: Graffiti en la ciudad fantasma de Pripyat cerca del cuarto reactor nuclear -la cual se ve en el fondo- de la antigua central eléctrica nuclear de Chernobyl / Sergei Supinsky, AFP-Getty Images-USAToday.com




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jueves, 31 de marzo de 2011

Nucleares: el fin de la quimera de la energía segura y (casi) gratis

El desastre de Fukushima entierra las grandes promesas del sector. Los beneficios privados exigen un enorme desembolso de dinero públicoEn 1954, Lewis Strauss, financiero estadounidense entusiasta del uso nuclear para fines civiles, pronunció un discurso ante la Asociación Nacional de Escritores Científicos que quedaría como hito de la fe en el potencial de la energía nuclear para mejorar el mundo: auguró que llegaría a ser "demasiado barata para facturarla". Limpia, infinita, segura y, además, gratis: la gran utopía al alcance de la mano.

Casi 57 años después, y pese a Chernóbil y a decenas de sustos y a quiebras económicas -entre ellas, la de Fecsa, aquí-, el eco de esta promesa aún se escuchaba con la música del "renacer nuclear". El pasado 8 de marzo, FAES, la fundación presidida por José María Aznar, presentó su informe Propuestas para una estrategia energética nacional, en el que participaron casi 30 expertos de máximo nivel, que no sólo abogaba por construir más nucleares y extender hasta los 60 años la vida de las actuales, sino que exhibía una fe que lo emparentaba con Strauss: la energía nuclear, insistía, es "sostenible, limpia, segura y económica". Sin matices.

El entusiasmo no dejaba resquicio para el debate: "La gestión de los residuos radiactivos está asegurada y garantizada". Y todavía más: "La seguridad de las centrales nucleares está fuera de duda".

Sólo tres días después, un terremoto arrasó Japón. Y no debe de haber ya nadie en todo el mundo que no haya oído hablar de Fukushima.

"Fukushima supone un antes y un después equivalente al de Chernóbil, acabe como acabe. Ya no se puede decir que es un accidente en una dictadura decadente, sino que se trata de la democracia más pronuclear, junto con Francia", sostiene un alto cargo del Gobierno español experto en nucleares.


Debate abierto

La sensación de que el peligro de "apocalipsis" en Japón supone un antes y un después está muy extendida, aunque ello no zanjará ni mucho menos el debate nuclear. Los pronucleares seguirán defendiendo la necesidad de esta energía para recuperar la senda del crecimiento económico, insistirán en que, pese a todo, es bastante segura y subrayarán que no genera CO2 y que es barata. Los antinucleares responderán que el avance de las renovables la hace ya innecesaria, que la seguridad nunca será total, que sí genera CO2 si se analiza el ciclo nuclear completo y que sólo es barata si la gran inversión requerida está amortizada.

El debate seguirá, pero ya sin la fe de Strauss: ese sueño resultó ser una quimera.

"Seguimos convencidos de que no se puede prescindir de la energía nuclear para afrontar las crecientes demandas energéticas. Pero siempre estamos abiertos a replantear cosas y a aprender de lo sucedido", explica María Teresa Domínguez, presidenta del Foro Nuclear, que agrupa a la industria española del sector. "Hay que estudiar con mucho detalle lo que ha pasado y ver qué puede mejorarse", admite, comedida.

Las posiciones más entusiastas, las que abrazaron la quimera de Strauss, no han sido patrimonio ideológico de nadie -se encuentran en la derecha y en la izquierda-, pero sí son una característica común de todos los think-tanks partidarios del libre mercado en estado puro. Pero paradójicamente fue el mercado el que primero señaló que el sueño de la energía nuclear baratísima y sin peligro era en realidad una quimera. Nunca se creyó las promesas: ni las aseguradoras quieren darle cobertura ni los inversores jugarse su dinero, salvo si el Estado corre con los gastos.

La única fórmula que se encontró para incorporar a las aseguradoras al circuito fue eximirlas por ley de la responsabilidad civil y endosársela al Estado. Y así ha sucedido en todos los países que han abrazado esta energía, incluido España, desde que la Ley Price-Anderson abriera camino en EEUU, en 1957.


Alto riesgo

Aun así, ninguna empresa se atreve en solitario, como recalca el mismo Diccionario Mapfre de Seguros, que tiene entrada propia para "riesgo atómico": "Dada su gravedad, no es normalmente aceptado por aseguradoras individuales, sino que su cobertura suele corresponder a un pool o consorcio de aseguradores".

Cuando a partir de 2007 empezaron a elevarse las cuantías mínimas a cubrir, ni siquiera sirvieron ya los pools. Y eso que la cifra asegurada es ínfima en relación con la responsabilidad civil que debería afrontar el Estado: el Congreso acaba de elevar en España el seguro obligatorio a 1.200 millones, cuando el Gobierno ucranio ha cifrado en 55.000 millones sólo los costes sanitarios de Chernóbil.

"Se supone que las nucleares refuerzan la economía, pero lo que vemos es que la pueden llevar a la quiebra y las aseguradoras lo saben", opina Carlos Bravo, de Greenpeace.

Tampoco hay inversores que se atrevan a lanzarse a construir centrales nucleares en un entorno de libre competencia. Ni siquiera ante la promesa de ayuda estatal: el último reactor construido en EEUU data de 1979, pese a que George W. Bush y Barack Obama han ofrecido préstamos preferentes que llegarían hasta el 80% del total de la inversión y que podrían llegar hasta 25.000 millones de euros en total.

Pero el mercado no se fía de las bondades nucleares -ya en 1984, la revista Forbes calificó la energía nuclear del "mayor fiasco en la historia económica norteamericana"- ni siquiera para aportar ese 20% sin cobertura. Tampoco en España, donde la moratoria nuclear terminó de facto con la liberalización de 1997, se ha presentado un sólo proyecto privado de nueva construcción. Y esto que nadie era capaz aún de colocar en el mapa a Fukushima, que según todos los expertos exigirá gastos adicionales en seguridad.

En la práctica, las centrales se construyen sólo cuando es el Estado el motor y garante del proceso, ya sea en China o en Francia, cuya energía procede en un 75% de las nucleares. "La inversión requerida es tan grande y a tan largo plazo, con tantas incertidumbres, que el riesgo es enorme", explica Santos Ruesga, catedrático de Economía de la UAM y experto en nucleares.

Desde que empezó el negocio, a mediados de la década de 1950, el coste y el periodo de construcción de una central casi siempre han sido el doble o el triple del previsto en el plan de negocio. Un exhaustivo informe oficial de EEUU calculó que el coste de las 75 centrales estudiadas había superado los 145.000 millones de dólares cuando estaba previsto un desembolso de 45.000.


Sobrecoste en Finlandia

La tendencia sigue hasta hoy. La supermoderna central nuclear que empezó a construirse en Finlandia en 2003 se presupuestó para cuatro años y 3.000 millones de euros. La fecha prevista ahora para su inauguración es 2013 y la factura suma ya 5.800 millones. Estos 2.800 millones de diferencia -y subiendo- los tendrá que asumir el promotor, Areva, controlada por el Estado francés: pagarán, pues, los contribuyentes.

En este desfase radica buena parte de los enormes agujeros financieros de origen nuclear. Para taparlos, siempre se ha recurrido al dinero público. También en España.

La burbuja nuclear que estalló en EEUU en la década de 1980 tuvo igualmente su réplica aquí. Tras llegar al Gobierno, el PSOE declaró una moratoria nuclear que muchos expertos atribuyen en realidad a un intento de evitar la quiebra en cadena de las eléctricas, ahogadas por los créditos de origen nuclear. Con la moratoria se suspendió la construcción de siete centrales imposibles de terminar y posteriormente se repartieron a las empresas 729.000 millones de pesetas (4.391 millones de euros) en indemnizaciones, que han ido pagando los consumidores a través de la tarifa eléctrica.

Pero no fue este el único flujo de dinero público hacia el sector: mientras duró el periodo de amortización -en que los propietarios de las centrales tenían que ir pagando la enorme deuda contraída para la construcción-, funcionaba un sistema estable que pagaba por la energía nuclear una factura alta que permitiera la amortización en sólo 25 años. Después, con la liberalización de 1997, se introdujeron además fondos públicos específicos de más de mil millones -que fueron combatidos por Bruselas- para ayudarla a competir en un mercado abierto.

Y luego está el espinoso asunto de los residuos, que hasta la conmoción de Fukushima era el problema pendiente del sector, por mucho que FAES lo diera por resuelto. También aquí el dinero público acaba acudiendo al rescate, a menudo en el paquete del desmantelamiento de la central tras el fin de su vida útil.


Dudas con los residuos

En España, los residuos de baja y media actividad se van almacenando en El Cabril (Córdoba) y como el horizonte en que llegará al 100% se acerca -en principio, 2030-, urge construir un nuevo almacén, que exigirá el desembolso de otros mil millones. Pero aún no se sabe cómo guardar los de alta actividad, que son apenas el 5% del total pero que representan el 95% de la radiactividad, letales durante centenares de miles de años. Nadie sabe cuánto costará hacerse cargo de todo esto.

Tras la llegada del Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, se fijó a las empresas un canon de 0,2 euros por Mwh para hacer frente a los residuos. Por esta vía está previsto que el fondo creado en 1985 -y alimentado hasta 2006 con dinero público- alcance 16.000 millones en 2060.

¿Será suficiente? No hay estimaciones oficiales, pero tampoco dudas: no. Reino Unido ha calculado que necesitará invertir 125.000 millones para desmantelar su parque de centrales obsoletas y hacerse cargo de los residuos durante 125 años. La factura la pagará el contribuyente.

"Lo que en España tenemos resuelto en los residuos es el equivalente a una semana de vida de un adulto que llegará a los 80 años. Nadie es capaz ni siquiera de imaginar a cuánto ascenderá el coste", afirma un alto cargo gubernamental.

"Los gastos de esta energía supuestamente tan barata son enormes, pero siempre se socializan", lamenta Ladislao Martínez, una de las referencias del mundo ecologista español, ahora en Fundación Renovables, quien agrega otros dos aspectos que nunca se contabilizan: las carreteras especiales construidas para cumplir con los planes de emergencia y "la increíble consideración de la nuclear como industria nacional cuando desde 2001 importa el 100% del uranio".

Si todos estos gastos se han socializado, no ha pasado lo mismo con los beneficios generados una vez superado el largo periodo de amortización. Tampoco aquí hay datos oficiales, pero sí suficientes indicios como para concluir que han sido muy cuantiosos.

Es ahora, que ya no hay que cargar con los enormes gastos financieros derivados de la construcción, cuando puede hablarse de que producir energía nuclear es barato: según un informe de 2008 elaborado por tres consejeros de la Comisión Nacional de Energía -Sebastià Ruscalleda, Jorge Fabra y Jaime González-, el coste de producción para centrales amortizadas era de 18 euros por MWh en las nucleares, por 58 del carbón y casi 69 del ciclo combinado.


"Caídos del cielo"

En los años de amortización, el sistema beneficiaba a las nucleares. Y el de ahora, en las antípodas de aquél, también: las empresas ofertan su energía en una subasta y Red Eléctrica, tras adquirir el lote de renovables, va comprando por orden de barato. Como las nucleares no pueden parar la generación, entran en el sistema a "precio cero" para asegurar así que se coloca la disponible. Pero luego el sistema establece que todos reciban el mismo pago que la última tecnología que ha entrado en la subasta (la más cara), que suele ser el gas natural.

El negocio es tan redondo ahora, con los costes de capital ya amortizados, que se ha creado un término ad hoc para referirse a ellos: "beneficios caídos del cielo". Del informe de la CNE se desprendía que los dueños de las nucleares se repartieron por esta vía 2.000 millones en 2008. Ello lleva a la cifra media de 800.000 euros al día por central.2008 fue un año excepcional porque el precio de referencia que pagó Red Eléctica subió hasta los 60 euros. Pero incluso con los baremos actuales, en torno a los 40 euros, los beneficios son magníficos: unos mil millones al año en su conjunto, 400.000 euros al día de media por central.


Impuesto en Alemania

Que estas estimaciones se acercan a la realidad lo prueban los cálculos difundidos en Alemania tras la decisión de Angela Merkel -tras Fukushima, congelada- de prolongar 12 años la vida de las 17 centrales: iba a suponer 100.000 millones de ingresos extras para las empresas. La cuenta supone 1,3 millones brutos por central y día. Eso sí, Merkel gravó con un impuesto la prolongación del periodo de funcionamiento, con lo que el Estado iba a ingresar 30.000 millones.

El sector español no da cifras de beneficios. Como mucho, de inversiones: "Hemos internalizado muchos más costes que otros, como los residuos, y pese a ello seguimos siendo competitivos e invertimos 300 millones al año en mejoras al parque nuclear", destaca la presidenta del Foro Nuclear.

La gran paradoja es que el consumidor no se beneficia ahora de que el precio de producción nuclear sea tan bajo porque Red Eléctrica paga la tarifa cara. "Ahora mismo, el gran argumento de que producir energía nuclear es barato sólo sirve para aumentar el bolsillo de sus propietarios", lamenta Javier García, de Ecologistas en Acción. Los beneficios del sector dependen, pues, fundamentalmente de que se alargue la vida de las centrales que ya se amortizaron con ayuda de dinero público: levantar nuevas centrales exige un esfuerzo económico demasiado arriesgado para un inversor privado mientras que las viejas implican beneficios seguros y para hoy. "La industria planteó el renacer nuclear al extremo para quedarse en el punto medio, que es el que en realidad les interesa: prolongar la vida de las centrales", opina Carlos Mulas-Granados, economista y director de Ideas, la fundación del PSOE.

Esta dinámica incrementa más aún los riesgos de la energía nuclear, añade Enric Tello, economista de la UB: "En estas condiciones, se querrá sacar el máximo partido de la gallina de los huevos de oro y las centrales son muy antiguas. La pugna entre la rentabilidad privada y la seguridad pública aún crecerá mas", opina. El sueño de Strauss resultó ser una quimera. Pero aún podría convertirse en pesadilla.




Fuente: Publico.es
Autor: Pere Rusiñol / Madrid



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